Había una vez un hombre que vivía en las tierras del Señor Moreno. Trabajador de oficina, se emocionó cuando comprobó que el fin de semana largo estaba a la vuelta de la esquina. Se le prendió la lamparita y, con un par de llamadas, arregló una excursión de pesca para disfrutar de esos días.

Tenía todo pensado. Hasta el regalo para la esposa con el que conseguiría una sonrisa y no una cara larga por la excursión. Quiso comprar el celular que tanto quería su amada, pero en el comercio le indicaron que, al estar cerradas las importaciones, no había chances de que consiguiera uno.

El fracaso no le importó. Estaba decidido a concretar su plan. Salió corriendo al negocio de pesca para adquirir todo lo que le hacía falta para estar listo. Se repitió la historia y escuchó el mismo argumento. No encontró nada de lo había ido a buscar. Se consoló y se autoconvenció de que se arreglaría con lo poco que tenía guardado en su caja deportiva.

Se subió al auto y decidió cargar combustible para el viaje. Después de muchas idas y vueltas, consiguió un poco, pero no lo suficiente para salir a la ruta. Tampoco quería correr el riesgo de quedarse en el medio de la nada, por lo que desechó el plan.

Con cara de muy pocos amigos entró en su hogar. Mientras comía y escuchaba el ensordecedor ruido de los chicos jugando y gritando, decidió que al fin de semana largo lo disfrutaría tomando mate y leyendo las revistas y libros, actividad que había abandonado por el agitado ritmo de vida que llevaba. Pasó por el súper y descubrió que no había en las góndolas la yerba que él consumía y el precio de las pocas que quedaban era escandaloso. Fue hasta el librero de siempre y recibió la triste noticia de que los ejemplares que él estaba acostumbrado a adquirir estaban demorados en la Aduana, ya que también se habían cerrado las importaciones para estos productos.

Insultando hasta en arameo regresó a su casa. Allí lo esperaba la esposa con una frase típica de fin de semana largo: "como te vas a quedar, ¿por qué no arreglamos un par de cositas?" Su amada se había tomado el trabajo de anotar en una hoja y media las "cositas" que debía reparar durante sus días de descanso. Partió a la ferretería y -con el rostro rojo de bronca- le pidió al empleado que le diera tornillos, focos y repuestos, entre otros elementos. El hombre lo miró y sólo le dio un par de cueritos para reparar las canillas. "No tenemos, porque están cerradas las importaciones", volvió a escuchar. Por primera vez en dos días sonrió y le dio las gracias al Señor Moreno. Al menos, de una lo salvó.